#LecturasdeVerano: "En la arena de Gijón" de Gabriela Exilart

15 Jan 2020

Siguiendo con nuestros miércoles de textos para leer, hoy compartimos dos fragmentos de la nueva novela de Gabriela Exilart, publicada por Plaza & Janés en noviembre de 2019. 

 

 

 

 

Capítulo 7

Gijón, 1930

 

Fue en una de las verbenas donde los hermanos conocieron a Marciana. Bruno y Marco, convertidos en hombres, acudían a las romerías populares en busca de distracción.

Marco lo hacía siempre en compañía de sus amigos, los mismos que venía arrastrando desde la niñez y que lo seguían de fiesta en fiesta como monos de circo. Tenía una personalidad atractiva, era un seductor nato a quien el físico y el rostro acompañaban. El trabajo en la fábrica había moldeado su cuerpo y era puro músculo, las mujeres solían girar para verlo dos veces. De cabello castaño claro donde asomaba el sol, mirada verde como la de su madre, sonreía y el suelo se abría a su paso.

Bruno por su parte era serio y solitario. El hacha primero y el trabajo en el puerto después le habían moldeado un cuerpo fuerte, de pecho ancho y hombros altivos. Su rostro no captaba la atención más que por la decisión de su mirada oscura, tan oscura como el carbón que su padre había extraído de las minas. Era observador y callado aun cuando en su interior latía un fuego. De naturaleza buena, no soportaba las injusticias ni las ofensas, lo cual lo había llevado más de una vez a trenzarse en peleas en los muelles, recibiendo el castigo de sus superiores. El resultado era un hombre de casi treinta años con el que no se bromeaba.

 

Ese atardecer los hermanos coincidieron en uno de los bares de la costa donde la sidra corría como río, y compartieron mesa junto a los amigos de Marco. Hacía calor, agosto se había presentado denso y aumentaba la sed.

 

Capítulo 71

Miranda del Ebro, octubre de 1937

 

Marco sudaba pese al frío de esa oscura noche del primer día de octubre. El reloj que había escondido entre sus ropas marcaba la hora indicada. Aguzó el oído y esperó. En cualquier momento la puerta se abriría y se pondría en marcha el plan de Tom.

Cuando sintió el débil sonido de los goznes y una tenue luz se filtró por la hendidura Marco se puso de pie y avanzó. El pasillo estaba desierto, pero sabía que sería por pocos minutos, la ronda del carcelero de turno cumplía una frecuencia exacta. Se deslizó por la pared como una sombra, cuando llegó a la bifurcación tan conocida cuyo uno de los extremos conducía al pabellón de tortura echó un vistazo de despedida con el firme convencimiento de que no volvería a pasar por allí. Después apresuró sus pasos en dirección contraria, en busca del escondite que Tom le había indicado en la nota, donde estaría el uniforme que usaría para disfrazar su condición y escapar.

Marco saboreaba de antemano la sensación de libertad, ya no tendría que escuchar nunca más la moralina falangista ni asistir a misa para oír al capellán intentar salvar sus almas. Además de la explotación laboral a que eran sometidos los prisioneros, los sublevados, convertidos en la verdadera Nación, tenían como objetivo aniquilar a ese enemigo interno, someterlo y reeducarlo. Y en caso de no ser ello posible, exterminarlo.

Por ello los detenidos eran obligados a reeducarse políticamente, a la eucaristía y a la delación. Cuando no trabajaban el personal encargado de los prisioneros velaba para que observaran un régimen interior de tratamiento moral, con lecturas, cantos, ejercicios, audiciones, todo ello con el fin de encauzarlos en el nuevo sentir de la Patria. Una Patria que lo único que hacía era esclavizarlos.

Sin bajar la guardia Marco soñaba con la libertad, al menos de ese campo de concentración. Todavía quedaba encontrar a su familia, saber qué había sido de ellos en la bombardeada ciudad de Gijón.

Su paso por Miranda del Ebro lo dejaría marcado de por vida; el hambre, la mugre, el hacinamiento, el estreñimiento que obligaba a que muchos, desesperados, usaran las varillas para abrir las latas como doloroso “laxante”. Nunca más volvería a ser el mismo, ni él ni ninguno de ellos, pero debía sobrevivir.

 

 

Sinopsis de la novela 

 

Una España dividida por sus ideas. Dos hermanos enfrentados por la misma mujer.¿Quién ganará la guerra? ¿Quién triunfará en el amor? El mundo se desmorona y nosotros nos enamoramos... Gijón, 1936. Dos hermanos se cruzan en la vida de la joven Marcia, hija de un poderoso empresario. Un matrimonio impuesto por las buenas formas aunque despojado de todo sentimiento. La pasión que conspira en secreto y juega sus mejores cartas. Y la fuga hacia el frente de batalla. ¿Quién triunfará en el corazón de la joven? Transita los años de la Guerra Civil española en el alma de las familias, los amigos, los vecinos -quienes pondrán a prueba sus lealtades-, a la vez que se sumerge en el territorio de los sentimientos inconfesables. Un canto de amor a los corazones que arden de deseo sin poder gritarlo, en un mundo que se desmorona alrededor.

 

 

 

 

 

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