Comentario de “Apropiación indebida. Una novela sobre el amor”, de Lena Andersson

 

 

¿Cuánto sirve ser inteligente a la hora de enamorarse? ¿De qué valen la capacidad intelectual, las agudas reflexiones filosóficas sobre las emociones, las palabras y los hechos de una persona al momento de sentir?

La respuesta es nada. La respuesta de Lena Andersson, obviamente,  desarrollada en poco más de 200 páginas  y en formato de novela que lleva por título “Apropiación indebida”.  Durante todo el devenir de la historia, la autora sueca dejará en claro por qué muchas veces la sofisticación de nuestros pensamientos, esos que cultivamos a través de teorías y conceptos pueden convertirnos en la más estúpida de las personas.

 

Ester Nilsson, la protagonista en cuestión es poeta y ensayista. Estas particularidades -ella está convencida- son lo más importante que tiene en su vida. Por eso las toma para definirse y deja de lado, por ejemplo, que antes de eso es mujer, joven, linda y soñadora, por ejemplo. Ester está en pareja, pero como el amor es algo que jamás ha experimentado, cree que estar en compañía es lo mismo a ser feliz. Su vida, digamos, es común y similar a la de miles de personas. Hasta que conoce a Hugo Rask.

El hombre en cuestión es un reconocido artista plástico, con una gran trayectoria y un ego directamente proporcional a sus años trabajados, un hombre que cuando descubre a Ester no dudará en aprovecharse de otra de las tantas que caen bajo los efectos del embelesamiento que provocan sus cuadros. Esa mezcla entre admiración y pasión que él sabe que genera.

 

Ester conoce a Hugo y, créanme, no puedo decirle mucho más sobre lo que ocurre porque estaría adelanto demasiado. Con un ritmo por momento lento para quienes estamos acostumbrados a la agilidad de los autores hispano-americanos, la sueca Andersson nos relata tanto encuentros sociales como indagaciones íntimas en la cabeza de Ester, para que nosotros como lector podamos descubrir qué es lo que realmente está pasando. Porque sucede que Ester no logra entender ni medio qué le ocurre. Sabe que se enamoró, eso está claro. O por lo menos así lo cree ella. Que todo lo que había vivido hasta conocer a Hugo Rask  en nada se parece con ese frenesí que la desconecta del mundo real y la convierte en una persona impulsiva, irreflexiva e inestable.

 

Si viviera en Argentina, diríamos que a Ester le falta calle. Le falta entender que por más libros que hayamos leído el amor no pasa por saber, sino por sentir(se) y sentir al otro. Que la pasión es algo parecido pero también  el revés de la moneda y que para que viva, tiene que ser libre para quien lo da como para quien lo toma.  

Ester cree que con sentir es suficiente. Pobre Ester. Y su vida, su rutina, su trabajo, cada uno de los minutos de sus vidas se esmera por teorizar acerca de por qué no está siendo correspondida, o lo es sólo a medias. Y pasan semanas, meses, estaciones, y el “coro de amigas” comienza a decirle lo que seguramente antes criticaban a sus espaldas. Pero Ester no oye, ni ve, ni es capaz de entender lo que está más claro que el agua.

Y tanto analiza la situación que tiene un hipótesis al respecto, Hugo se ha “apropiado indebidamente” de ella y por lo tanto, la hizo  una esclava de sus pensamientos. El, al fin y al cabo, la posee.

 

A través de un clima intimista que con el correr de las páginas se vuelve cada vez más denso y asfixiante, Andersson consigue lo que se propone: reflexionar acerca de aquello que desde hace siglos sigue sin tener respuesta, el amor. Andersson es tan aguda en su escritura, tan brillante en su prosa que hasta se da el lujo de indagar en clave de humor, buscando entender en qué puede convertirse el amor cuando detrás de él sólo hay un interés (social, cultural, económico, político). ¿De quién nos enamoramos? ¿Por qué lo hacemos? ¿Cuánto hay de obsesión en el amor? Andersson hace preguntas, cerrando el libro, trataremos de responderlas.

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Córdoba, Argentina