"Clásicos en colectivo". Breve comentario sobre "Macario", de Juan Rulfo.

14 Jul 2016

 

Como ya lo hemos visto a lo largo de esta columna, si hay un género que se amolda a esta aventura de leer mientras viajamos en colectivo es el cuento. Y si ese relato corto está plagado de personajes que siguen caminando por nuestras calles perdidas en el horizonte latinoamericano desde hace décadas, más nos sentiremos a gusto. O por lo menos es lo que me pasó a mí con la antología de “El cuento hispanoamericano contemporáneo”, que recopila historias de algunas de las figuras de la literatura de esta parte del mundo, como son el argentino Jorge Luis Borges, el cubano Alejo Carpentier, el uruguayo Juan Carlos Onetti o el mexicano Juan Rulfo.

De este último es de quien hablaremos en particular, partiendo primero, de las generalidades expuestas por quien recopila los cuentos, Susana Zanetti. “El narrador hispanoamericano toma conciencia también de la complejidad de la realidad en la que vive, sabe ya que su compromiso social y político se conjuga de manera especial con los textos que escribe”, señala con argumentación la editora de este tomo, hace ya varios años, dejando en claro que lo que leeremos a continuación será una especie de fotografía que condensa instantáneas de problemáticas que fueron surgiendo con el tiempo en esas pequeñas o grandes urbes conformadas en el mapa latinoamericano.

Por eso al leer a Juan Rulfo uno siente que casi que puede sentir el frío del agua de esa alcantarilla, donde está sentado ese joven que busca atrapar ranas para que no molesten el sueño de su tía durante la noche, y de paso quizás después poder comerlas. O  la angustia que se cruza entre párrafo y párrafo de sus personajes, carentes de todo, que no pueden siquiera alimentarse como Dios manda.

Porque la pobreza, la marginalidad y la resignación siguen siendo –lamentablemente-, parte del paisaje latinoamericano. Esa Latinoamérica que también habitamos.

“Macario”, así se llama el cuento, es un relato en primera persona, de ese niño o joven tal vez, que sentado frente a una alcantarilla piensa –un poco para entender, otro poco para no quedarse dormido-, qué será de su vida. De esa renegada vida que le toca, al lado de su madrina, y de Felipa, una mestiza que por tener un poco menos que ellos se convierte en criada. Dos mujeres, solas como él en un mundo desalmado y egoísta, que les quita hasta las esperanzas.

En un ida y vuelta tanto hacia dentro del personaje, como hacia afuera, Rulfo nos describe la marginalidad de aquel entonces, que puede (y es), la misma que hoy. De niños sin destino, de platos sin comida, de sueños sin concreciones.

“Por eso quiero yo a Felipa, porque yo siempre tengo hambre y no me lleno nunca, ni aun comiéndome la comida de ella”, dice en una parte del texto, y las palabras son como un disparador para pensar qué hacemos nosotros, lectores, mientras esto sigue ocurriendo.

En apenas tres hojas, Rulfo nos regala un cuento que es a la vez un tesoro, que pudimos leer quizás en media hora, pero nos permitirá (re)pensarnos y reflexionar sobre nuestra contemporaneidad. Rulfo, como Borges, Carpentier, Cortázar, Onetti, escribieron allá por la mitad del siglo XX, en una América que despertaba del letargo, levantando modernas revoluciones y planteando nuevos recursos poéticos.

Hoy, quizás nosotros debamos retomar su legado, y pensar lo que quede por hacer.

Please reload

  • Facebook - Black Circle
  • Twitter - Black Circle
  • Google+ - Black Circle
  • YouTube - Black Circle

babiloniagestionliteria@gmail.com

 

Córdoba, Argentina