Bicentenario de la Independencia: Otros caminos para recorrer nuestro pasado

9 Jul 2016

Abordar la escritura de una novela situada en otra época requiere de investigación. Dotar de fechas, datos, nombres y hechos a una trama narrativa es una herramienta fundamental para la construcción del contexto en el que se va a desarrollar la ficción en cuestión. Es como si se tratara del marco de una gran pintura. Esa obra seguramente tendrá sus protagonistas y acciones, pero será en los detalles donde se manifieste su esencia. Y son justamente esas pequeñas pinceladas sutiles las que nos indican la época y el lugar, los aspectos culturales y sociales, las prácticas y costumbres. En definitiva: nos trazan otros senderos por donde adentrarnos para mirar y entender el pasado.

 

 

 

Porque decir que en el siglo XIX las ciudades quedaban casi vacías al caer la tarde, es dar cuenta de que unos pocos faroles no podían contrarrestar la oscuridad reinante. Es hablar también de las costumbres sostenidas en horarios estrictos, es saber que a falta de electricidad las iluminarias a base de vela y aceite se cuidaban. Tal vez en las poblaciones rurales la luna era una buena compañera de troperos y bandidos, y el fuego un rito inevitable para espantar a las fieras, recuperar el calor o azar algunas perdices cazadas en el camino. Pero en todos los casos, la noche era la hora del silencio.

 

Zambullirse en las famosas casonas citadinas -aquellas que en la actualidad denominamos popularmente “viviendas coloniales”- es imaginar a esas grandes familias en las que siempre había espacio para abuelos y alguna tía solterona, o tal vez para una prima huérfana y un amigo entrañable. Esos cuartos que confluían en el patio social signaban la vida cotidiana. Seguramente que las mujeres habrán compartido allí bordados y charlas sobre amores y guerras. Tal vez cada tanto se habrá colado algún chisme o se habrán atrevido a comentar sucesos de la campaña independentista. En esas propiedades cercanas a la plaza, a la iglesia y al Cabildo (circuito social, comercial y político fundamental de la época) los límites estaban definidos. Porque también existían los otros patios, los habitados por la servidumbre. Sin embargo, siempre en toda frontera existieron las cercanías, las mixturas y los audaces dispuestos a cruzarlas.

 

 

 

En las poblaciones rurales, las estancias se contraponían a las taperas y ranchos de alrededores. Pero también esas demarcaciones se rozaban ya sea por necesidad, por respeto o por miedo. Hay quienes dicen que el amor hizo lo suyo, pero tal vez no sean más que ideas románticas, tan románticas como las que fueron marcando esos años revolucionarios.

 

 

 

Con los pequeños objetos ocurre algo similar. Cada uno lleva consigo una carga simbólica, histórica y cultural. Hablar de las prendas de satén, de encaje o tafetán junto a alguna peineta de nácar, tal vez nos remita a las señoritas coquetas que esperaban con ansias a esos diputados que desde marzo de 1816 empezaron a llegar a Tucumán. Era una algarabía para una ciudad que rondaba los 6.000 habitantes. Es que el hecho histórico por aquel entonces también fue un evento social, y no faltaban semanalmente las reuniones en las que se bailaban cielitos, cuandos y pericones. Los zaguanes de baldosas y las galerías cubiertas de flores coronaban aquel entusiasmo bicentenario.

 

 

Siempre genera asombro lo poco que se habla de los niños en nuestro pasado histórico. Tal vez porque la niñez duraba poco. El balero, el volantín y el trompo eran juegos comunes. Pero los varones cambiaban pronto la espada de madera por una de verdad, y las niñas abandonaban las muñecas para hacerse cargo de sus propios hijos. Eso, los que tenían suerte y pertenecían a familias acomodadas. En las poblaciones rurales trabajar desde pequeño para un buen patrón era tal vez una de las mayores aspiraciones. Esa infancia corta y trunca, no hacía distinción de clases.

 

 

 

 

En esas pinceladas del cuadro del pasado bien se podría hablar de las comidas sustentadas a base de maíz, de los guisos y las carnes asadas, de la miel, de la ambrosía y de algunas otras exquisiteces que disfrutamos hasta nuestros días. ¿El arroz? No más que una excentricidad llegada de Oriente.

 

También podríamos detenernos en los tapices que adornaban las casas, en las pocas propiedades que tenían el lujo del retrato familiar (en Tucumán, Francisca Bazán de Laguna era una de las pocas que contaba con una pieza de esas características), de las alfombras, de los utensilios de plata y de los muebles de caoba. Podríamos hablar de la imaginería religiosa que atravesaba todo el territorio nacional sin diferenciar condiciones ni razas, porque la religión y las devociones eran fundamental en la vida del siglo XIX.

 

Así, en medio de esos detalles y elementos cargados de sentido, fue tomando forma aquella Independencia de 1816, la misma que había quedado postergada durante la Asamblea del año XIII. Dicen que se eligió a Tucumán por estar ubicada en una posición estratégica para que todos los diputados pudieran llegar y porque estaba además bien custodiado por el Ejército del Norte. Pero otros afirman que se decidió que fuera allí porque estaba lejos de Artigas y su gente. Dicen que los integrantes de la Liga de los Pueblos Libres no asistieron. El enfrentamiento entre José Gervasio y el centralismo porteño estaba declarado. Dicen que atravesar esos caminos en pésimo estado fue una odisea y fueran las galeras, carretas, caballos o burros los encargados de trasladar a los representantes. Una parte de la Patria -nuestro querido Litoral- no estuvo presente. Tal vez por aquel entonces teníamos ya diferencias irreconciliables. Pero había algo que clamaba en los rincones, en el campo y en la ciudad, en los montes y en las pampas: era el deseo de la libertad.

 

 

 

Please reload

  • Facebook - Black Circle
  • Twitter - Black Circle
  • Google+ - Black Circle
  • YouTube - Black Circle

babiloniagestionliteria@gmail.com

 

Córdoba, Argentina