Clásicos para leer en el colectivo: "La casa de Bernarda Alba"

En esta sección la periodista Florencia Vercellone nos invita a descubrir emblemáticas obras literarias mientras atravesamos la ciudad en colectivo. El título elegido para hoy es "La casa de Bernarda Alba" de Federico García Lorca.

 

 

 

 

De repente mi mundo se volvió femenino. Todo en él estaba cruzado por sensaciones, que solo entienden y soportan las mujeres.

De repente era hija, también hermana, madre y criada, de un universo matriarcal donde existe –como únicos protagonistas- el dolor y la pérdida, y el placer es un lujo resguardado para las valientes.

Había ingresado al mundo de Lorca.

Hacía rato que buscaba esa historia para leer, -como ya es mi costumbre- en mi rutina de colectivo. Y después de mucho buscar, conseguí una hermosa y pequeña edición de este bello relato, escrito en 1936, que justamente corola la vida de un poeta, dramaturgo y escritor que retrató la cotidianeidad española del siglo XX.

Narrada en tres actos, “La Casa de Bernarda Alba” es una historia que se enmarca en un pueblo perdido en alguna región ibérica, -podría ser Granada, de donde es oriundo el autor-, donde las mujeres dominan el mundo.

Su mundo, en primer lugar.

Bernarda es el alma y figura omnipresente. Ella sabe (o cree saber), todo lo ocurre en su vida, y en la de sus hijas –Angustias, Magdalena, Amelia, Martirio y Adela-, esas cinco mujeres que son su descendencia, y que por lo tanto debe moldear sin el mínimo lugar para el error. Pero también están su madre –María Josefa- y algunas criadas –La Poncia, entre otras-, que funcionan como satélites dentro de este sistema solar femenino, y que alimentan un código interno y por demás encriptado.

Repleta de simbolismos, la novela teatral comienza con las mujeres envueltas en luto, después del velorio del padre de la familia, reunidas en la sala central de la casa. Pero el dolor no es el sentimiento que prima en la escena, sino el amor que subyace en cada palabra de quienes hablan, cuando aparece y desaparece el nombre de Pepe, el Romano.

Lorca juega con cada frase, con cada gesto, con cada nombre. El hace decir a los personajes, pero en realidad en lo no dicho es donde más expresa.

Por eso, ese perfecto mundo femenino comienza a resquebrajarse cuando el fantasma de un hombre está, pero no está. El fantasma de ese hombre al que se ama y se odia, de ese hombre con el que se puede formalizar, pero también querer en la ilegalidad.

En el segundo acto -otra vez-, lo que prima es una sensación de esperanza por una alianza de amor que sucederá en el futuro, y al mismo tiempo –subyacente-, el temor de una mentira que puede salir a la luz se impone por sobre todas las cosas.

En el tercer acto, ya todo comienza a desvanecerse. Esa casa tan perfectamente construida parece caerse a pedazos, esa autoridad tan brutalmente impartida comienza a verse burlada, y esa descendencia busca morir.

En La casa de Bernarda Alba nada es lo que parece. Ni el amor, ni el odio, ni la venganza ni las mentiras. Todo se oculta en esas paredes, pero al mismo tiempo nada puede quedar tapado, cuando la pasión se desata.

Solo Lorca puede en tres actos narrar tan bella historia.

Solo tres viajes me bastaron para devorar esta exquisita trama de amor.

 

 

 

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Córdoba, Argentina