"Boquitas pintadas", otro clásico para leer viajando

 

La periodista Florencia Vercellone vuelve a proponer, a través de Babilonia Literaria, un libro para disfrutar mientras atravesamos la ciudad en el colectivo.

Hoy el autor elegido es Manuel Puig y una de sus obras más conocidas. 

 

 

 

 

 

Otra vez sentada en el colectivo, el azar (o vaya a saber qué), me llevó a tener en mis manos “Boquitas pintadas”, de Manuel Puig. Del viejo mundo de Wilde al nuevo de un periquete, me entretenía yendo y viniendo en la ciudad con una novela publicada allá pisando la década del ´70, de un autor que vio brillar sus historias no sólo en papel, sino también pantalla grande.

Cual abanico de colores, este relato se despliega de mil formas, y su dinámica de lectura parece acompañar los diferentes trayectos del colectivo. Subidas, bajadas, curvas, contracurvas y aceleradas, se amoldan sin problemas a los registros propuestas por el autor. Con cartas, folletines, declaraciones judiciales y  policiales, letras de canciones, Boquitas pintadas se va construyendo palabra por palabra a través de distintos lenguajes, que lejos de confundirnos, nos permite sumergirnos en un entramado del que será casi imposible salir ilesos emocionalmente.

De principio a fin sobrevuela la novela un halo de misterio, algo pasó allá a lo lejos, y es preciso entender quién es el que nos habla y qué nos dice, para desentrañar –en un presente más cercano- lo verdaderamente importante. De ahí, la urgencia de querer leer obsesivamente cada detalle, aún cuando hemos llegado a destino o le cedamos el asiento a una señora mayor tratando que el desequilibrio no le gane la jugada.

“Boquitas Pintadas” es una historia de amor. Sí, es verdad, pero también una mentira. Es eso, mucho menos, y mucho más. A veces parece hablar de una sola persona y de sus sentimientos, acorralando el relato en primera persona. Y otras tantas habla de la sociedad, de los valores y descuidos de una época donde las miserias se escondían y uno era capaz de convertirse –a sabiendas-, en la peor del mundo, con tal de no enfrentarse al qué dirán.

Sin dudas las mujeres son las protagonistas de esta historia. No una, sino varias.

Mabel, Nené, Celina y la Raba, las cuatro compañeras de colegio en el interior del Gran Buenos Aires (Coronel Vallejos, en referencia a General Villegas, ciudad natal del autor), son un retrato de la vida femenina de los años ´30 y ´40, en un mundo que poco les daba para elegir. En contraposición, el machismo emerge de la novela como un actor más. Y en su representación, los hombres por los que ellas vivirán, morirán y –sin dudarlo- matarán.

“Boquitas pintadas” es una novela policial. Es verdad, pero también una mentira. Es eso y mucho más. Sin dudas la tensión que genera cada párrafo, el detalle con el que está escrito cada punto y coma, nos habla de personajes complejos, víctimas y victimarios, que dan y dejan todo por odio o por amor.

Por esta novela, Puig fue en su momento ensalzado y criticado justamente por el crisol de voces y dinámicas textuales que proponía para tejer la historia. Creo yo, que más allá de esto, “Boquitas Pintadas” es difícil de olvidar por sus personajes. Mujeres amantes, sufridas, abusadas, asesinas desconocidas y tristes en su existir, y, del otro lado, hombres violentos, gozosos de su poder y su mundo patriarcal. Cada uno con sus miserias. Cada uno con sus realidades. Se pueden palpar. Casi que podríamos conocerlos en el barrio, cruzando la calle.

Casi los podemos encontrar subiendo a un colectivo. 

 

 

 

 

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Córdoba, Argentina